martes, 6 de septiembre de 2011

Estudiando "El libro de los Espíritus"

La legitimidad del
Libro de los Espíritus
Texto de J. Herculano Pires

Herculano Pires
Al publicar en 1868 La Génesis, pudo Kardec subrallar que El Libro de los Espíritus, dado a publicidad once años antes, continuaba siendo tan sólido como entonces. Ninguno de sus principios fundamentales había sido conmovido por la experiencia. Todos permanecían en pie. Hoy en día, a más de cien años de distancia, si el Codificador viviera aún entre nosotros podría seguir diciendo lo mismo. Y esto, en un siglo en el que el mundo se transformó de una manera vertiginosa, en el que la ciencia positiva fue trastocada de un extremo al otro, en que las concepciones filosóficas han experimentado tremendos impactos. Conceptos hay que a primera vista parecieran haber sido desmentidos, o al menos, puestos en duda por la ciencia. Tal el caso, por ejemplo, del Fluido Universal.
En realidad, el desarrollo de la ciencia se opera con exactitud en dirección a los principios espíritas. La desintegración de la materia por la física nuclear, la concepción de la materia como concentración de energía, la percepción cada vez más clara de una estructura matemática del Universo, la conclusión a que algunos científicos se han visto obligados a arribar, de que detrás de la energía parece existir otra cosa, que sería el pensamiento.
Todo esto nos demuestra que asistía razón a Kardec al proclamar que ni Dios ni la religión auténtica ni, en consecuencia, el Espiritismo, tienen nada que perder con el adelanto de la ciencia. Esa seguridad de los principios espíritas deriva de la legitimidad de la fuente espiritual del presente libro, de la pureza de sus medios de transmisión mediúnmica y de la precisión del método kardeciano.
La fuente, según se ve por la espontánea e inesperada revelación del Espíritu de la Verdad a Kardec, y según los apuntes autobiográficos contenidos en sus Obras Póstumas, así como por la confirmación ulterior de tantos otros Espíritus, y también como se puede comprobar lógica e históricamente por el proceso de restablecimiento del Cristianismo que el Espiritismo lleva a cabo, es la misma de que procedió aquél. No se trata tan sólo de Kardec, ni de tal o cual Espíritu en particular, como tampoco de un grupo de hombres, sino que es toda una falange del Espíritu de la Verdad, enviada a la Tierra en cumplimiento de la promesa de Jesús, la que constituye la fuente espiritual de El Libro de los Espíritus.

Estudiando "El libro de los Espíritus"

Historia del Libro de los Espíritus
Por Nominato Pires

Con este libro surgió en el mundo el Espiritismo. Su primera edición fue lanzada el 18 de abril de 1857, en París, por el escritor E. Dentu, establecido en el Palais Royal, Galérie d’Orleans 13. Tres noveda-des, a la manera de la trinidad druida (pasado, presente y futuro), aparecieron con este libro: la DOCTRINA ESPIRITA, la palabra ESPIRITISMO que la designaba, y el nombre ALLAN KARDEC, proveniente del pasado celta de las Galias.
La primera novedad era presentada como antigua, en virtud de representar la eterna realidad espiritual, sirviendo de fundamento a todas las religiones de todos los tiempos: la Doctrina Espírita. Era, entretanto, la primera vez que aparecía íntegra, gracias a la revelación del Espíritu de la Verdad prometida por Cristo. La segunda era un neologismo (palabra nueva) creado por Kardec, que desde aquel momento fue integrado en la lengua francesa y en los demás idiomas del mundo. La tercera representaba la resurrección del nombre de un sacerdote druida desconocido.
La manera en la que el libro fue escrito también fue novedosa. El profesor Denizard Hippolyte Léon Rivail (Allan Kardec) hacía preguntas que eran respondidas por los Espíritus, bajo la dirección del Espíritu de la Verdad, a través de un instrumento llamado “cestita de pico”. Las médiums, dos jóvenes de 16 y 14 años, Caroline Baudin y Julie Baudin respectivamente, colocaban las manos en los laterales de la cesta y el lápiz escribía en una pizarra, gracias
a la acción de los Espíritus. Con el mismo método el libro fue revisado por el Espiritu de la Verdad, con la colaboración de los más de diez médiums que prestaron concurso en esta obra. Este libro es, por lo tanto, el resultado de un trabajo colectivo y conjunto entre el Cielo y la Tierra.
Allan Kardec
El 16 de marzo de 1860 fue publicada la segunda edición, enteramente reestructurada y ampliada por Kardec, bajo la constante orientación del Espíritu de la Verdad. La primera edición fue el primer impacto de la Doctrina Espírita en el mundo, preparando el ambiente para la segunda, que la completaría. Toda la Doctrina está contenida en este libro, de forma sintética, y posteriormente desarrollada en los demás volúmenes de la Codificación. Está escrito en la forma de diálogo, como en la Filosofía Clásica, y en un lenguaje claro y simple, para facilitar la divulgación popular. Este libro es un verdadero tratado filosófico que comienza por la Metafísica, desarrollando en nuevas perspectivas la Ontología, la Sociología, la Psicología, la Ética y estableciendo vínculos históricos entre las fases de la evolución humana en sus aspectos biológico, psíquico, social y espiritual.
Sus enseñanzas, postulados y revelaciones mediúnicas nos ayudan a tomar conciencia de nuestra realidad espiritual. Con este objetivo, el libro versa sobre la inmortalidad del alma, la naturaleza de los Espíritus y sus relaciones con las personas encarnadas, las leyes morales, la vida presente, la vida futura y el porvenir de la Humanidad – según las enseñanzas dadas por los Espíritus Superiores.

Fuente: http://www.ceads.kardec.es/visio_espirita/2010/Visi%F3%20Esp%EDrita%20201001%20N001.pdf

lunes, 5 de septiembre de 2011



Lo que es menester hacer para salvarse. Parábola del buen samaritano. - El mayor de los mandamientos. - Necesidad de la caridad según San Pablo. - Fuera de la Iglesia no hay salvación. - Sin la verdad no hay salvación. - Instrucciones de los espíritus: Sin caridad no hay salvación.

 Lo que es menester hacer para salvarse. Parábola del buen samaritano. Y cuando viniere el hijo del hombre ea su majestad, y todos los ángeles con él, se sentará entonces sobre el trono de su majestad.-Y serán todas las gentes ayuntadas ante él, y apartará los unos de los otros, como el pastor aparta las ovejas de los cabritos. - Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a la izquierda.
Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo porque tuve hambre, y me disteis de comer: tuve sed, y me dísteis de beber: era huésped, y me hospedásteis. - Desnudo, y me cubrísteis: enfermo, y me visitásteis: estaba en la cárcel, y me vinísteis a ver.
Entonces le responderán los justos, y dirán: Señor ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer: o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos huésped y te hospedamos: o desnudo y te vestimos, o cuándo te vimos huésped o en la cárcel y te fuimos a ver? - Y respondiendo el Rey, les dirá: En verdad os digo, que en cuanto lo hicísteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicísteis.
Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartáos de mí, malditos al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dísteis de comer, tuve sed y no me dísteis de beber. - Era huésped, y no me hospedásteis; desnudo y no me cubrísteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitásteis.
Entonces ellos también le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o huésped, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel y no te servimos? - Entonces les responderá diciendo: En verdad os digo: que en cuanto no lo hicísteis a uno de estos pequeñitos ni a mí lo hicísteis. E irán éstos al suplicio eterno: y los justos a la vida eterna (San Mateo, cap. XXV, v. de 31 a 46). Y se levantó un doctor de la ley, y le dijo por tentarle: Maestro, ¿qué haré para poseer la vida eterna? - Y él le dijo: ¿En la ley, qué has escrito? ¿Cómo lees? El respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, y de toda tu alma, y de toda tus fuerzas, y de todo su entendimiento, y a tu prójimo como a tí mismo. - Y le dijo: Bien has respondido, haz eso y vivirás.
Mas él, queriéndose justificar a si mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Y Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y dió en manos de unos ladrones; los cuales le despojaron: y después de haberlo herido le dejaron medio muerto y se fueron. - Aconteció, pues, que pasaba por el mismo camino un sacerdote, y cuando le vió, pasó de largo. - Y así mismo un levita, llegando cerca de aquel lugar y viéndole pasó también de largo. - Mas un samaritano que iba por su camino, se llegó cerca de él, y cuando le vió, se movió a compasión. - Y acercándose le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, y poniéndolo sobre su bestia, lo llevó a una venta, y tuvo cuidado de el. - Y otro día sacó dos denarios y los dió al mesonero y le dijo: Cuídamele: y cuanto gastares de más yo te lo daré cuando vuelva.
¿Cuál de estos tres te parece que fué el prójimo de aquel que dió en manos de los ladrones? - Aquél, respondió el doctor, que usó con él de misericordia. Pues vé, le dijo entonces, Jesús, y haz tú lo mismo. (San Lucas, cap. X, v. de 25 a 37).  Toda la moral de Jesús se resume en la caridad y en la humildad, es decir, en las dos virtudes contrarias al egoísmo y al orgullo. En todas sus enseñanzas, manifiesta que estas virtudes son el camino de la eterna felicidad. Bienaventurados, dice, los pobres de espíritu, es decir, los humildes, porque de ellos es el  reino de los cielos; bienaventurados los que tienen el corazón puro; bienaventurados los que son mansos y pacíficos; bienaventurados los que son misericordiosos; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos; haced a los otros lo que quisiérais que hiciesen con vosotros; amad a vuestros enemigos; perdonad las ofensas, si queréis que os perdonen; haced el bien sin ostentación; juzgaos vosotros mismos antes de juzgar a
los otros. Humildad y caridad, esto es lo que no cesa de recomendar y de lo que El mismo da el ejemplo: orgullo y egoísmo, esto es lo que no cesa de combatir pero hace
aún más que recomendar la caridad, la plantea con claridad y en términos explícitos como condición absoluta de la felicidad futura.
En el cuadro que presenta Jesús del juicio final, es menester, como en otras muchas cosas, atender a la parte figurada y a la alegórica. A los hombres a quienes hablaba, aun incapaces de comprender las cosas puramente espirituales, debía presentar imágenes materiales, penetrantes y capaces de impresionar para que fuesen mejor aceptadas no debía apartarse mucho de las ideas que aceptaban; en cuanto a la forma, reservando siempre para el porvenir la verdadera interpretación de sus palabras y de los puntos sobre los cuales no podía explicarse con claridad. Mas al lado de la parte accesoria y figurada del cuadro, hay una idea dominante, la de la felicidad que espera al justo y de la desgracia reservada al malo.
En este juicio supremo, ¿cuáles son los considerandos de la sentencia? ¿Sobre qué se informa? ¿Pide, acaso, el juez, si se ha llenado tal o cual formalidad, observando más o menos tal o cual práctica exterior? No; sólo se informa de una cosa: de la práctica de la caridad, y pronuncia diciendo: Vosotros que habéis socorrido a vuestros hermanos, pasad a la derecha; vosotros que habéis sido duros para ellos, pasad a la izquierda. ¿Se informa, acaso, de la ortodoxia de la fe? ¿Hace una distinción entre el que cree de un modo y el que cree de otro? No, porque Jesús coloca al samaritano, considerado como hereje, pero que tiene el amor al prójimo, sobre el ortodoxo que falta a la caridad. Jesús no constituye a la caridad en una de las condiciones para la salvación, sino en condición única; si se hubiesen de cumplir otras, las hubiera expresado. Si colocó la caridad en primera línea entre las virtudes, es porque implícitamente encierra todas las otras: la humildad, la mansedumbre, la benevolencia, la indulgencia, la justicia, etc., y porque es la negación absoluta del orgullo y del egoísmo.

Extraído del Evangelio Según el Espiritismo, de Allan Kardec.

jueves, 1 de septiembre de 2011

MANUEL PORTEIRO
                                                      Biografia

Manuel Porteiro nació en Buenos Aires, Capital de Argentina, el 25 de marzo de 1881. Contrajo matrimonio en 1904, con Doña Ana María Torrens, de la que tuvo cinco hijos. Su boda se celebró ajena a toda ceremonia religiosa, que contrastaba con sus principios; pero, por circunstancias del momento tuvo lugar dentro de la iglesia de la Virgen María (de Avellaneda, provincia de Buenos Aires) ya que en aquella época el Registro Civil estaba instalado en ella.
Su esposa, mucho antes de abrazar Porteiro el Espiritismo, estaba ya en la idea, asistiendo a reuniones y realizando cesiones mediúmnicas familiares. Por su parte, Porteiro tuvo su inicio espiritista en la veterana Sociedad Constancia, de la Capital, pasando luego a la Sociedad Víctor Hugo. Desencarnó el día 8 de febrero de 1936.
No obstante que a los 24 años era todavía un hombre de escasa instrucción, llegó a ser uno de los más ilustrados espiritistas de aquel tiempo.  Fue entusiasta estudioso de obras de filosofía, fisiología, literatura, biología, astronomía, física, pedagogía, y conversaba y escribía con soltura sobre pensadores tan diversos como Flammarion, Geley, Hegel, Kant, Leibnitz, Víctor Hugo, Crookes, Lombroso, Bozzano, Lodge, Zöllner, Schiaparelli, Gibier, Osty, W.James, Aksakof, Richet, Freud y otros.
Sin embargo, en su patria –y en el mundo espiritista en general- hoy día apenas le recuerda unos muy pocos amigos.  Los demás lo desconocen, o pretenden olvidarlo y silenciarlo.  Y ello, por que Porteiro tuvo, ya cerca de sus cincuenta años, preferencias políticas por el socialismo; pero quizás sobre todo, por su visión arreligiosa del espiritismo, lo cual aterraba –y aterra- a los dogmáticos religiosos.
“El Espiritismo –afirmaba en Espiritismo Dialéctico- no viene a adormecer las conciencias, ofreciendo al mundo el opio de una nueva religión dogmática y conservadora, como son todas las religiones (...).  El Espiritismo es por su propia esencia revolucionario, en el elevado concepto de la palabra, lo mismo en la ciencia y en la filosofía que en la moral y en la sociología.”
Conservó durante toda su vida la sencillez y la llaneza.  Cuando en 1932 perdió una pierna, no sufrió complejo alguno. Tan recia personalidad y, sobre todo, la fuerza de su pensamiento, provocó envidias y temores.   Asistió al Congreso Internacional de Espiritismo, celebrado en Barcelona en septiembre de 1934, como Delegado de la Confederación Espiritista Argentina, de la que en aquella fecha era Presidente, acompañado del entonces joven Humberto Mariotti (1905-1982), otra gran figura del espiritismo argentino, que posteriormente también fue Presidente de la C.E.A., así, como Vicepresidente de la Confederación Espírita Panamericana (C.E.P.A.). u obra escrita es compromiso para los hombres libres, que aceptan el deber de lucha para que el olvido no cubra con su capa de nieve al insigne espiritista argentino.
Nos legó, entre otras, las dos siguientes principales obras: Concepto Espírita de la Sociología y Espiritismo Dialéctico, así  como numerosos escritos y artículos diseminados en revistas y publicaciones.

 “No vivió para las gratificaciones materiales; Porteiro vivió para la verdad y murió pobre y humilde por creer en los valores morales de las verdades espiritistas.  Que las nuevas generaciones sepan heredar el digno ejemplo que les legó.”

Tomado del libro Espiritismo Dialéctico.

La filosofía Espirita

Fundada en observaciones y en experiencias psicológicas y en una lógica y una dialéctica superiores, nos enseña que el espíritu humano lleva en sí mismo los principios y la ley de su evolución moral, identificados con su esencia y con la esencia del Ser infinito; que, aunque finito y relativo, es infinito en su perfectibilidad, así como Dios es infinito en su perfección, y entre perfectibilidad y perfección no puede haber contradicción esencial, ni arbitrariedad, ni desarmoniza.
El hombre es relativamente libre dentro de su finitud y de la ley moral, que no es ni extraña ni opuesta a su esencia ni a su finalidad de perfeccionamiento sino que, como hemos dicho anteriormente, es el mismo espíritu moviéndose, accionando y reaccionando consciente o inconscientemente, en virtud de una causalidad y de un fin, dentro de determinadas condiciones naturales y sociales y de las leyes y causas concurrentes que rigen la evolución en general.
Así como las corrientes del mar no impiden que los peces se muevan en él con relativa libertad material, aun siguiendo –quizá sin saberlo-el curso de las aguas, sujetos a las condiciones e influencias del medio en que se desarrollan, a las cuales responden con sus medios de defensa y facultades de natación y traslación; del mismo modo las corrientes de la vida natural y social no impiden al espíritu humano determinarse en el seno de la naturaleza y de la sociedad con relativa libertad moral, respondiendo con sus facultades superiores a las influencias del medio en que actúa y condicionando este medio, natural o social, para la realización de sus fines, sin contradecir, por esto, las leyes de la naturaleza y de la sociedad, y no me refiero solamente a los términos positivos sino también a los términos negativos que complementan las leyes.
Pues no hay que olvidar que en el concepto dialéctico del Espiritismo, toda ley natural, humana o divina, supone dos términos; uno positivo y otro negativo, dentro de los cuales se desenvuelve la relativa libertad del hombre. Las causas fenomenales, las influencias y los factores de todo orden que obran en nosotros, sobre nosotros y aun aparentemente en contra de nuestros propósitos más nobles, son la condición necesaria –pero de efectos contingentes-, del desarrollo de nuestra personalidad psíquica y moral; no son ellas la que determinan, las que trazan una dirección al proceso de nuestra vida: ellas son únicamente la materia, el elemento indispensable de nuestras determinaciones; puede considerárselas, a lo sumo, y en un limite también restringido, como causas motrices de la evolución, pero no son ellas las que trazan la dirección al proceso evolutivo individual o social.
La verdadera causalidad substancial y directriz radica en el hombre en su espíritu, con ella responde a las causas fenomenales y les imprime la dirección que conviene a sus fines o, mejor dicho, se orienta a través de ellas, por que las causas fenomenales son pasajeras, mientras que el espíritu preexiste y subsiste a ellas. En el orden moral como en el orden físico no hay efecto sin causa y los hechos o fenómenos se encadenan en uno como en otro en una causalidad o serie de causas o efectos, de acciones y consecuencias que determinan un proceso cíclico, el cual se encadena a otros y así sucesivamente; pero en el orden moral la causa esencial y determinante es el espíritu y no la causalidad fenomenal que, en el proceso de la evolución, esta subordinada a aquél; mientras que en el orden físico la causalidad es puramente fenomenal, los fenómenos se producen fatalmente en virtud de sus antecedentes causales (cuando no están supeditados a la voluntad de un ser inteligente) sin que preexista ni subsista a ellos una causa esencial y directriz.
Manuel Portiro
Tampoco hay causa sin efecto, lo mismo en el orden moral que en el orden físico; pero en el primero, a diferencia de los fenómenos físicos, la causa obra sobre un ser consciente, inteligente y volitivo que puede exteriorizarla en acto o no, y los efectos están sujetos a contingencias: una misma causa puede tener consecuencias distintas, porque las determinaciones dependen de la voluntad de un ser activo característico y no del antecedente causal, que sólo tiene razón suficiente para provocar un efecto, pero la calidad del efecto, el carácter de la resolución, la dirección de la conducta y la consecuencia moral no dependen de él. No obstante el efecto se produce y la consecuencia subsiste, pero no es unilateral como sucede con los efectos físicos que, según el principio de las leyes (que no debe confundirse con el principio de causalidad) exige que las mismas causas produzcan siempre los mismos efectos.
En el orden moral, las mismas causas pueden producir efectos distintos, y de ahí que la ley de causalidad sea bilateral y, por lo tanto, no sea fatalista y deje al espíritu en libertad relativa para tomar decisiones y dirigir su conducta. “El fatalismo – como dice el ilustre Flammarión – es la doctrina de los somnolientos; los fatalistas esperan los acontecimientos (o se dejan arrastrar por ellos), lo que ellos suponen que ha de producirse a pesar de todo, por encima de todo. Por el contrario, nosotros trabajamos y cooperamos en la marcha de los acontecimientos. Lejos de ser pasivos, somos activos, construimos nosotros mismos el edificio del porvenir.
El determinismo no debe confundirse con el fatalismo. Este representa la inercia; el primero representa la acción”. Pero entendamos que el determinismo espiritualista, en el concepto espiritista de la palabra, no debe confundirse con el determinismo materialista ni con el determinismo teológico, que subordinan la voluntad a los hechos ciegos o predestinados y colocan, respectivamente, el azar y el destino, donde el Espiritismo, como compensación a los esfuerzos, pone la finalidad, que es perfeccionamiento indefinido, actividad consciente y voluntaria, dirigida hacia un mayor progreso moral y espiritual, hacia una mayor justicia, un mayor bien individual y social hacia una mayor comprensión de nuestra personalidad, de la naturaleza y del Ser infinito que rige sus leyes.
Desde un punto de vista más trascendental y teniendo en cuenta que la evolución espiritual del ser humano no está limitada entre el nacimiento y la muerte, la ley de causalidad moral, llamada también de causas y efectos o simplemente karma, se extiende al proceso del espíritu, abarcando sus anteriores existencia o encarnaciones sucesivas, pero esta causalidad extendida a tiempos y formas pretéritas, está siempre determinada por el espíritu en su evolución de lo inconsciente a lo consciente o, mejor dicho, de una inconsciencia relativa a una mayor conciencia, ya que una inconsciencia absoluta en un ser biopsíquico es inconcebible.
El encadenamiento de hechos y consecuencias, en las sucesivas personalidades que dan forma biológica a nuestra individualidad psíquica a nuestro yo permanente e indestructible, determina, por la acción y dirección del espíritu, el progreso moral y espiritual que suma cada una de nuestras existencias. Lo que somos hoy, en actividad, es la consecuencia de lo que fuimos ayer, y lo que seremos mañana, depende de lo que seamos hoy, y digo de lo que seamos y no de lo que somos, porque en nuestro concepto dialéctico de la evolución, nada está en reposo, todo llega a ser, como decía Heráclito comparando la vida con la corriente de un rió.

Extraído del libro "El Espiritismo frente al problema Social"  Manuel Porteiro.
El Poder de la Oración

La oración es una invocación; por ella nos ponemos con el pensamiento en relación con el ser a quien nos dirigimos. Puede tener por objeto suplicar, dar gracias o glorificar. Se puede orar para sí mismo, para otro, para los vivos y para los muertos. Las oraciones dirigidas a Dios son oídas por los espíritus encargados de la ejecución de su voluntad, y las que se dirigen a los buenos espíritus son transmitidas a Dios. Cuando se ruega a otros seres que a Dios, sólo es con el titulo de intermediarios, de intercesores, porque nada puede hacerse sin la voluntad de Dios.
El Espiritismo hace comprender la acción de la oración, explicando el modo de transmitir el pensamiento, ya sea que el ser a quien se ruega venga a nuestro llamamiento, o que nuestro pensamiento llegue a el. Para formarse una idea de lo que sucede en esta circunstancia, es menester representar a todos los seres, encarnados y desencarnados, sumergidos con un fluido universal que ocupa el espacio, como aquí lo estamos en la atmósfera.
Ese fluído recibe una impulsión de la voluntad; es el vehículo del pensamiento, como el aire lo es del sonido, con la diferencia de que las vibraciones del aire están circunscritas, mientras que las del fluído universal se extienden hasta el infinito. Luego, cuando el pensamiento se dirige hacia un ser cualquiera que está en la tierra o en el espacio, del encarnado al desencarnado o del desencarnado al encarnado, se establece una corriente fluídica entre los los, la cual transmite el pensamiento como el aire transmite el sonido.
La energía de la corriente está en razón con la del pensamiento y de la voluntad. Así es como la oración es oída por los que en cualquier parte que se encuentren, como los espíritus se comunican entre sí, como nos transmiten sus inspiraciones y como se establecen relaciones a distancia entre los encarnados. Esta explicación, es sobre todo, para aquellos que no comprenden la utilidad de la oración puramente mística; no es con objeto de materializar la oración, sino con el fin de hacer comprensible su efecto, manifestando que puede tener una acción directa y efectiva, sin que por esto deje de estar menos subordinada a la voluntad de Dios, juez supremo de todas las cosas y el único que puede hacer eficaz su acción.
Por la oración el hombre llama el concurso de los buenos espíritus que vienen a sostenerle en sus buenas resoluciones y a inspirarle buenos pensamientos, adquiriendo de este modo la fuerza moral necesaria para vencer las dificultades y volver a entrar en el camino derecho si se ha desviado, así como también puede desviar de sí los males que se atrae por sus propias faltas. Un hombre, por ejemplo, ve su salud deteriorada por los excesos que ha cometido, arrastrando hasta el fin de sus días una vida de sufrimientos; ¿tiene acaso, derecho a quejarse si no consigue la curación? No, porque en la oración hubiera podido encontrar la fuerza necesaria para resistir las tentaciones.
Si los males de la vida se dividen en dos partes, una compuesta de aquellos que el hombre no puede evitar y la otra de las tribulaciones cuya primera causa es él mismo por su incuria y sus excesos (capítulo V, número 4), se verá que ésta sobrepuja de mucho en número a la primera. Es, pues, evidente, que el hombre es el autor de la mayor parte de sus aflicciones, y que se las ahorraría si obrase siempre con moderación y prudencia. No es menos cierto que estas miserias son resultado de nuestras infracciones a las leyes de Dios, y que si las observásemos puntualmente seríamos felices. Si no traspasáramos el límite de lo necesario en la satisfacción de nuestras necesidades, no tendríamos las enfermedades que son consecuencia de los excesos y las vicisitudes que conducen a ellos; si pusiéramos límite a nuestra ambición, no temeríamos la ruina; si no quisiéramos subir más alto de lo que podemos, no temeríamos caer; si fuésemos humildes, no sufriríamos los desengaños del orgullo rebajado; si practicáramos la ley de caridad, no maldeciríamos ni seríamos envidiosos, ni celosos, y evitaríamos las querellas y las disensiones; si no hiciéramos mal a nadie, no temeríamos las venganzas, etc, etc.
Admitamos que el hombre no pueda nada sobre los otros males y que todas las oraciones sean superfluas para preservarse de ellos; ¿no sería ya bastante el que pudiera evitar todo lo que proviene de sus propios hechos? Pues aquí la acción de la oración se concibe perfectamente, porque tiene por objeto solicitar la inspiración saludable de los buenos espíritus, pidiéndoles fuerza para resistir a los malos pensamientos, cuya ejecución puede sernos funesta. En este caso “no desvían el mal”, sino que nos desvían a nosotros mismos del pensamiento que puede causarlo; en nada embarazan los decretos de Dios ni suspenden el curso de las leyes de la naturaleza; “sólo nos impiden infringir estas leyes dirigiendo nuestro libre albedrío”; pero lo hacen sin saberlo nosotros y de una manera oculta, para no encadenar nuestra voluntad.
El hombre se encuentra entonces en la posición de aquél que solicita buenos consejos y los pone en práctica, pero siempre es libre de seguirlos o dejarlos de seguir; Dios quiere que así suceda para que tenga la responsabilidad de sus actos dejándole el mérito de la elección entre el bien y el mal. Esto es lo que el hombre siempre está seguro de obtener si lo pide con fervor, y a lo que sobre todo pueden aplicarse estas palabras: “Pedid y se os dará”.
La eficacia de la oración, aun reducida a esta proporción, ¿no tendría, acaso, un resultado inmenso? Estaba reservado al Espiritismo el probarnos su acción por la revelación de las relaciones que existen entre el mundo invisible y el mundo visible. Pero no se limitan únicamente a éstos sus efectos. La oración está recomendada por todos los espíritus; renunciar a la oración es desconocer la bondad de Dios; es renunciar para sí mismo a su asistencia y para los otros al bien que puede hacérseles.
Dios, accediendo a la súplica que se le dirige, tiene la mira de recompensar la intención, la sinceridad y la fe del que ruega; por este motivo la oración del hombre de bien tiene más mérito a los ojos de Dios y siempre más eficacia que la del hombre vicioso y malo, porque éste no puede rogar con el fervor y la confianza que sólo se adquiere por el sentimiento de la verdadera piedad. Del corazón del egoísta, de aquél que ruega sólo con la articulación de la palabra, no pueden salir los impulsos de caridad que dan a la oración todo su poder. De tal modo así se comprende, que, por un movimiento instintivo, nos recomendamos con preferencia a las oraciones de aquellos cuya conducta se cree ser agradable a Dios, porque son más escuchados.
Si la oración ejerce una especie de acción magnética, podría creerse que su efecto está subordinado al poder fluídico; pero no sucede así: puesto que los espíritus ejercen esta acción sobre los hombres, suplen cuando es necesario la insuficiencia del que ora, ya obrando directamente “en su nombre”, ya dándole momentáneamente una fuerza excepcional, cuando se le juzga digno de este favor o cuando la cosa puede ser útil.
El hombre que no se cree bastante bueno para ejercer una influencia saludable, no por esto debe abstenerse de rogar por otro, con el pensamiento de que no es digno de ser escuchado. La conciencia de su inferioridad es una prueba de humildad siempre agradable a Dios, que toma en cuenta la intención caritativa que le anima su fervor y su confianza en Dios, son el primer paso de la vuelta al bien, y los buenos espíritus se felicitan de poderle alentar. La oración que no se escucha es la del “orgulloso que sólo tiene fe en su poder y en sus méritos, creyendo poder substituirse a la voluntad del Eterno”.
El poder de la “oración” está en el pensamiento; no se concreta a las palabras, ni al lugar, ni al momento que se hace. Se puede, pues, rogar en todas partes y a todas horas, estando solo o acompañado. La influencia del lugar o del tiempo está en relación de las circunstancias que pueden favorecer el recogimiento. “La oración en común tiene una acción más poderosa cuando todos aquellos que oran se asocian de corazón a un mismo pensamiento y tienen un mismo objeto”, porque es como si muchos levantasen la voz juntos y unísonos; pero ¡qué importaría estar unidos en gran número, si cada uno obrase aisladamente y por su propia cuenta personal! Cien personas reunidas pueden orar como egoístas, mientras que dos o tres, unidas en una común aspiración, rogarán como verdaderos hermanos en Dios, y su oración tendrá más poder que la de los otros ciento. (Cap. XXVIII, números 4 y 5).

Extraído de "El Evangelio según el Espiritismo".
José Grosso
                                  Biografía

Entre sus varias encarnaciones, ha tenido el poder y la autoridad, especialmente en Alemania, donde ha tenido el nombre de "Johannes", que murió alrededor del año 751. Más tarde, reencarna en los Países Bajos, donde se desempeñó como agregado diplomático, con la nobleza y el clero de los Países Bajos y la corte de Francisco I de Francia.         
 En Brasil, en un pueblo cerca de Crato, en la entonces provincia del Ceará, en 1896 fue bautizado como José Silva, hijo de Jerónimo y Francés, conocido por el apodo José Grosso, hacia parte de una familia de nueve hermanos en total. En la década de 1930, antes de la miseria impuesta por las sequías en el nordeste de Brasil, ha creado el movimiento de los salteadores de caminos, bajo la dirección de Lampião, apodo de Virgulino Ferreira da Silva, que fue el líder del interior del país más temido y sanguinario.
José Grosso se integra al grupo, se da cuenta de que aquello iba  más allá de sus aspiraciones de justicia y libertad. José Grosso empezó a informar a los asentamientos que serían invadidos, y por eso innúmeras  mujeres y los niños se salvaron. Cuando llegaba el grupo del Lampião ya les esperaban armados, o ya no tenía nadie en las tierras. Sospechando que había un traidor entre , arma una trampa, y descubre que el traidor era José Grosso.   Le tortura, perforando  sus ojos con el cuchillo, ato de venganza contra la traición. Perdido en el bosque, con una infección generalizada, murió en 1936 a los 40 años de edad, sin tener noticias de siete de sus ocho hermanos. Él sabía el paradero de un único hermano, conocido como Palminha, que entonces llevaba el mismo tipo de vida en el bandolerismo, pero que pertenecen a otro grupo.
Después de algún tiempo deambulando por la ceguera, fue socorrido  por el espíritu de Nina Arueira. Posteriormente integrase al grupo de mentores Scheilla y Joseph Gléber.  Doce años después, comenzó a manifestarse en el centro espiritual del Este y la casa de Fair Soares. En 1949, en su primera comunicación, "hoja caída de los vientos del norte." Impulsado por ellos comenzó a manifestarse en otros grupos espiritas, en el Grupo Espírita André Luiz, en Río de Janeiro, a través de algunos medios, especialmente la Peixotinho bien conocido, que se manifiesta, entre otros, José Grosso, Scheilla y Garcez. 

Aquí en España tenemos el Centro Espirita  Fraternidad José Grosso, creado en su homenaje  http://www.kardec.es/fejg